Hasta hace poco cada huelga la celebraba. Quedaba con
alguien la tarde antes y tomábamos cervezas hablando de si tendría éxito, como
un iluso que cree que está en las horas previas a algo grande… “Esta vez sí, la gente está ya muy cabreada”.
Hablaba y discutía, pensaba en arreglar el mundo, y te despedías hasta la
manifestación del día siguiente. Si la huelga era general, a las doce esperaba ávido
noticias de internet que demostraran que esa vez no estaba equivocado. Que la
sociedad decía basta. Después la realidad era decepcionante…pero al menos me
quedaba esa sensación cálida de pasear por el centro de la ciudad con miles y
miles de personas muy diferentes que sabían que la huelga ya había fracasado y
sin embargo ahí estaban. Lo que era un día grande, se convertía en un gran
brindis al sol. Pero yo nunca he sido muy práctico, así que servía. Había sido
en el fondo una celebración. Reconocías el fracaso, pero te ibas medio contento
por las miles de personas que nos habíamos arropado en la calle. Tenías la
sensación del deber cumplido. Al día siguiente no había cambiado nada pero
procurabas evitar ese sabor agrio pensando en otra cosa. Antes las huelgas las
asociaba normalmente a canciones enérgicas; la huelga de mañana la asocio a música
triste.